Un contrato es un documento jurídico vinculante que genera obligaciones y derechos para todas las partes que lo firman. Sin embargo, a la hora de redactar un contrato, es muy habitual que sea preparado por personas que no son especialistas en derecho, elaborado a partir de una plantilla genérica o, peor aún, adaptado de otro contrato existente. Esto es una práctica muy poco recomendable que puede tener graves consecuencias. ¿Sabes por qué?
Un contrato es un acuerdo legal, generalmente por escrito aunque también puede ser verbal, formalizado entre dos o más partes que cuentan con capacidad jurídica para vincularse en virtud del mismo, y que genera derechos y obligaciones para ambas partes. Se trata de un elemento fundamental en nuestro marco jurídico, pero lamentablemente no siempre le prestamos la importancia que merece a tenor de sus posibles efectos legales.
En este sentido, a la hora de preparar un contrato, hay tres malas prácticas muy extendidas:
- Encargar la confección del contrato a una persona que no cuenta con la formación jurídica adecuada o no es especialista en la materia (por ejemplo, derecho mercantil o derecho inmobiliario). El caso típico es el de un comercial que elabora un contrato de venta con un cliente, o un vendedor inmobiliario que elabora un contrato de alquiler.
- Partir de un contrato similar ya existente y adaptarlo a las nuevas condiciones y necesidades del negocio jurídico a realizar. Por ejemplo, la empresa que coge el contrato firmado con un proveedor y lo modifica para usarlo con otro proveedor.
- Usar un modelo de contrato tipo obtenido de Internet u otras fuentes, que no ha sido redactado específicamente para el caso. Un ejemplo habitual es la tienda online o negocio online que “copia” las condiciones de venta de otra página web similar (y a menudo ni siquiera se asegura de cambiar todas las referencias a la otra empresa).
Cualquiera de estas prácticas supone un error porque cada negocio jurídico es diferente. No existen dos contratos iguales porque las partes no suelen ser las mismas o porque siempre, aunque sean pequeñas, existen variaciones en el objeto, en el precio, en la forma de pago… Por lo tanto, las disposiciones de un contrato creado en un momento determinado, solo sirven para esas partes, en ese momento y con esas condiciones, pero no para los demás casos.
Del mismo modo, todas las cláusulas de un contrato tienen su sentido y su razón de ser. No se pueden eliminar o trocear porque no las entendamos o porque consideremos que no se aplican al caso que nos ocupa. Al hacerlo, podemos estar suprimiendo una cláusula que sea básica o que, legalmente, sea necesario que esté incluida en el contrato para su validez. El resultado puede ser que el contrato no resulte válido por no ajustarse a derecho, en el mejor de los casos, o que deje desprotegidos nuestros intereses jurídicos, en el peor escenario.
Por qué hay que recurrir a un abogado para redactar o revisar un contrato
Cuando nos duele una muela, vamos al dentista y no se nos ocurre intentar arrancárnosla nosotros mismos; si se nos estropea el coche, lo llevamos al mecánico y no intentamos repararlo por nuestra cuenta. Entonces, ¿por qué si vamos a firmar un contrato, que es uno de los actos jurídicos más relevantes de nuestra vida, pensamos que no es necesario un abogado? ¿Qué tiene de distinto respecto a otras situaciones en las que sí recurrimos a un experto?
La realidad es que, por intentar ahorrarnos invertir en un abogado para preparar o revisar un contrato, podemos tener que gastar mucho más si después surgen problemas y resulta que el contrato está mal “hecho”, faltan cosas esenciales o los términos no están bien definidos.
A la hora de redactar un contrato, contar con un abogado es importante porque:
- Realizará un análisis del negocio jurídico para identificar los aspectos más relevantes.
- Tendrá en cuenta las leyes aplicables a cada situación en particular.
- Redactará un contrato a medida especialmente adaptado a la situación.
- Velará por la defensa de los intereses del cliente que encarga el contrato.
- Evitará que se incluyan cláusulas abusivas o errores que podrían invalidarlo.
- Garantizará que el contrato tenga cabida en el ordenamiento jurídico vigente.
- Preverá las futuras contingencias e incluirá las salvaguardas necesarias.
Y es que, por muy bien que conozcamos nuestro sector o muchos contratos similares que hayamos visto, un profesional del derecho siempre puede conocer aspectos necesarios o tener en cuenta factores importantes para el caso concreto que no se nos habían ocurrido. En ningún caso se limitará a adaptar una plantilla de contrato obtenida de Internet o “copiado” de otro contrato existente.
Del mismo modo, a la hora de revisar un contrato conviene recurrir a un abogado porque:
- Nos explicará el contenido del contrato y se asegurará de que lo entendamos.
- Se cerciorará de que el contrato sea equitativo para ambas partes.
- Señalará posibles cláusulas abusivas o que beneficien a la otra parte.
- Confirmará si el contrato se ajusta derecho y tiene cabida en el marco legal.
- Propondrá modificaciones pertinentes y correctamente redactadas.
- Incorporará las salvaguardas necesarias en caso de que surjan conflictos.
Idealmente, la revisión del contrato debe hacerse antes de su firma, ya que la comprensión de todo el contenido de un documento jurídico es fundamental antes de suscribirlo. Solo si conocemos el alcance jurídico de todas las cláusulas, podremos tomar la decisión de si nos conviene firmarlo. Pero, incluso en el caso de que ya hayamos firmado un contrato, pero no estemos convencidos de sus condiciones, llevarlo a un abogado para que lo revise puede ayudar a detectar aspectos conflictivos y tomar las medidas adecuadas para protegernos.
¿Necesitas un abogado especialista en derecho procesal, concursal, mercantil o inmobiliario para redactar o revisar un contrato antes o después de firmarlo? ¡Puedo ayudarte!

